El largo viaje de Bernard C. Day (3): el mecánico y “Aurora Australis”.

Bernard C. Day era un manitas y un tipo tranquilo. Todos los compañeros de misiones antárticas que le mencionan en sus memorias se refieren a él como alguien habilidoso, capaz de resolver cualquier problema y, además, una persona relajada y divertida. Con la misma calma hacía hornos portátiles, gafas de protección contra la nieve o una maqueta del Nimrod. En las intervenciones y conferencias sobre la Antártida de sus años australianos que conocemos por la prensa hay un fino sentido del humor cargado de retranca. Y las fotos que tenemos de él durante su aventura polar siempre transmiten esa rara calma de la gente que vive a otra velocidad.

Bernard C. Day con el perro “Erebus” durante la expedición Nimrod
(Scott Polar Research Institute, nº P98/9/69)

Entre el enorme fondo fotográfico del Scott Polar Research Institute de la Universidad de Cambridge, hay varias imagenes de Day en la expedición del Nimrod. En las fotos de grupo tiene un aspecto tímido, quizá por ser uno de los miembros más jóvenes de la expedición. Pero cuando posa en solitario el lenguaje corporal es muy diferente. En una de esas fotos se le puede ver sentado relajadamente en la cubierta del Nimrod junto a algunos perros de la expedición. Está fumando en una pipa, con la espalda recostada en la madera del barco mientras “Erebus” de quien se había hecho amigo, duerme enroscado junto a él sobre uno de los cofres.

El famoso fotógrafo de la expedición Terra Nova, Herbert Ponting, le retrató también en varias ocasiones unos años después. Probablemente ningúna foto de las que conservamos de Day recoge esa forma tranquila de estar en el mundo como la que le hizo Ponting a finales de diciembre de 1911, un retrato que es, de alguna manera, el de todos esos expedicionarios cuyos nombres quedan a la sombra del relato épico. 

Pero 1911 aún quedaba lejos para el Bernard C. Day que estaba pasando el invierno de 1908 en la caseta del Cabo Royds.

Aurora Australis: el primer libro en el Polo Sur

Ahora que tenemos reciente el confinamiento de primavera de 2020 causado por la crisis del Covid-19 podemos entender mejor lo difícil que es pasar mucho tiempo entre cuatro paredes. Shackleton sabía por experiencia propia que el invierno antártico, cuatro meses de oscuridad a muchos grados bajo cero y con muchos hombres conviviendo en una pequeña caseta, era capaz de poner a prueba a la mejor de las tripulaciónes. Por eso, y quizá por el espíritu ilustrado de la época, ideó una tarea añadida para realizar en la larga noche polar: hacer un libro.

Portada de la primera edición del The South Polar Times
(Via https://discoveringantarctica.org.uk)

Pero no se trataba de un diario como el que luego se convirtió en “En el corazón de la Antártida”. Shackleton pensaba en idear, escribir, ilustrar, imprimir y encuadernar un libro en la Antártida, el primero jamás creado en el continente y el primer objeto enteramente manufacturado en el Polo Sur. Entre 1901 y 1903 Ernest había coordinado los boletines semanales de la tripulación del Discovery que se convirtieron en “The south polar times”, un manuscrito colectivo de los miembros de la expedición. Pero Shackleton quería hacer algo más ambicioso que aquel volumen único y así es como surgió “Aurora Australis”. Del trabajo de imprenta se encargaron Joyce y Wild, que habían estado aprendiendo el oficio durante algunas semanas antes de la partida desde Inglaterra. Los grabados los haría el artista George Marston, el compañero de litera de Day, quien tuvo que gestionar la difícil técnica del grabado en las condiciones más difíciles imaginables. Diferentes miembros del equipo colaboraron con poemas y textos variados firmando con sus nombres o con seudónimos. 

El polifacético Bernard se encargó precisamente de la encuadernación de los volúmenes, creando unas tapas únicas. Aprovechando las maderas contrachapadas de los cofres en los que habían viajado los víveres, los famosos “Venesta”, Day cortó y pulió las maderas para hacer las cubiertas de unos 80 ejemplares. En el proceso de pulido Day decidió dejar la huella de las palabras con las que se había etiquetado a los cofres, de manera que algunas de las copias  que hoy se conservan de “Aurora Australis” se conocen por ese siglado, como “Mantequilla 267” o “Mermelada”.

En los días en los que Day no se estaba dedicando a preparar las tapas de los “Aurora Australis”, su principal dedicación fue mejorar el Arrol-Johnston para las misiones que vendrían en la primavera antártica, entre ellas el intento de alcanzar el polo sur. Para atajar el problema del peso desmontó todas las piezas de la carrocería que no fueran estrictamente necesarias, dejando tan sólo la cubierta del motor, el asiento del conductor y una básica plataforma trasera. También aligeró las ruedas de aspas tratando de hacerlas más útiles, aunque finalmente los neumáticos con cadenas se mostraron como los más eficaces. Las pesadas ruedas especiales quedaron abandonadas junto a la caseta de Cabo Royds durante décadas hasta que fueron recuperadas y hoy se conservan en el Museo de Canterbury en Christchurch, Nueva Zelanda. Por último, con el motor desmontado, Bernard hizo algunas modificaciones para tratar de resolver el problema de la lubricación manualmente, de manera que el coche pudiera servir mejor para las misiones de avituallamiento que harían falta en el intento por alcanzar el polo sur.

Viaje al final de la Tierra

El Arrol arrastrando trineos para la logística del viaje al polo sur
(Scott Polar Research Institute, nº P98/9/59)

En agosto, cuando Shackleton preparaba ya su ruta hacia el polo, el Arrol-Johnston volvió a salir del garaje con la misión de preparar la logística del viaje. Gracias al ingenio y el trabajo de Day durante el invierno, y a la habilidad que había adquirido al volante, el coche se mostró mucho más capaz que en la decepcionante primera prueba. En sus viajes fue capaz de arrastrar trineos con hasta 900 kg de carga a varios puntos de la ruta hacia la Gran Barrera y mientras que los trineos recorrían entre 18 y 25 km al día en buenas condiciones, sobre terreno duro el Arrol-Johnston hacía la misma distancia en apenas un par de horas alcanzando en ocasiones hasta 40 km/h. Además de mejorar el coche Day tuvo que inventar la forma de conducir en el hielo y la nieve, especialmente para superar las frecuentes grietas entre las placas del mar helado de Ross. Bernard dio con la manera más eficaz de pasarlas con el coche: cogiendo velocidad y “saltando” sobre ellas en el ángulo correcto. 

A principios de diciembre, en una misión Marston, Day se encontró con una de esas grietas. Cuando se dirigía a ella a gran velocidad para saltarla se dio cuenta de que la apertura tenía un quiebro inesperado y lo esquivo con un apurado giro que les salvó de acabar en el fondo del mar de Ross. El Arrol quedó clavado entre dos placas y, después de emplear varias horas para rescatarlo, lo devolvieron al garaje de Cabo Royds donde acabó su aventura antártica. Las misiones principales habían acabado y Shackleton no quiso más riesgos motorizados. 

Bernard C. Day en la cubierta del Nimrod con el Arrol-Johnston
(Scott Polar Research Institute, nº P68/76/139)

En sus 10 meses de aventura polar, Day y el Arrol-Johnston no habían alcanzado las expectativas que Skelton alimentó con su idea de 1901, pero habían superado muchos problemas para convertirse en una herramienta de cierta utilidad. Su capacidad de carga sirvió especialmente para aprovisionar el viaje en el que Shackleton llegó más cerca del polo sur geográfico de lo que había llegado nadie hasta entonces y en el que, de paso, alcanzó el polo sur magnético. El Arrol-Johnston volvió a Inglaterra a principios de 1909 con sensación de decepción entre los exploradores polares pero con gran admiración entre la industria del automóvil. En noviembre de ese año fue una de las estrellas del Olympia Motor Show en Londres

Durante su estancia en el Polo Sur Day había demostrado que era un excelente mecánico, había encuadernado el primer libro imprimido en la Antártida, había aprendido a tomar fotografías y había descubierto el arte de la ilustración con Marston. Cuando volvió a Inglaterra, en primavera de 1909, el hijo del arquitecto se había convertido en Bernard C. Day la única persona en el mundo que había conducido un vehículo a motor en la Antártida. 

Cuando Scott supo de su llegada no tardó en ponerse en contacto con él.

Continúa a 4

Para seguir explorando:

Crónica del Olympia Motor Show de 1909 en Gracesguide (en inglés)

Los primeros en la Antártida: un listado de hitos polares

El primer coche que pisó la Antártida, en Diariomotor (2010)

El refugio de Cabo Royds donde los miembros de la expedición Nimrod pasaron los inviernos antárticos de 1908 y 1909 (En New Zealand Antarctic Heritage Trust)

El refugio de la expedición Nimrod en vista 360º de Google Maps

2 comentarios en “El largo viaje de Bernard C. Day (3): el mecánico y “Aurora Australis”.

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