«Locke» viajar sin moverse del asiento

Cuando hablamos del «placer de conducir» generalmente pensamos en interminables carreteras de montaña, rutas que bordean el mar o vías que recorren grandes valles. Nunca asociamos esa idea con los desplazamientos en nuestras ciudades y sus alrededores, en los que nos movemos entre un denso y hostil tráfico pensando a menudo en nuestras preocupaciones cotidianas. Un viaje de ese tipo difícilmente encajaría dentro de ese género transversal que a veces llamamos «Road Movie». En cambio «Locke», un minimalista experimento cinematográfico, traslada ese «viaje iniciático» tantas veces repetido en el cine a un escenario que nada tiene que ver con la épica de los grandes paisajes.
«Locke» está dirigida por Steven Knight, y se desarrolla dentro de un coche, con un sólo actor en pantalla (Tom Hardy) y durante un largo viaje nocturno desde Leeds hacia Londres por una autovía con denso tráfico. Después de verla anoche, «Locke» me parece una muy interesante reencarnación moderna de la «Road movie», quizá tanto por lo que se ve como por lo que no se ve y sólo se intuye. Porque en realidad casi no se ve nada, y eso convierte a la película en un ejercicio un tanto hipnótico. Al igual que «El diablo sobre ruedas«, está centrada en el personaje principal y su coche, pero con ese planteamiento llevado tan al extremo de que no aparece ningún otro actor en plano. Sólo el interior del coche, la cara del actor (Imponente trabajo de Tom Hardy), y el sórdido baile de focos, sombras, farolas y sirenas típico del entorno de las grandes ciudades. Un paisaje hostil que, en cambio, se presenta en la pantalla con una rara belleza decadente, un rítmico caos que refleja en cierto modo las vidas aceleradas y cambiantes de los habitantes de una gran ciudad.
El viaje de Ivan Locke es un viaje vital, una encrucijada en la que, mientras conduce hacia Londres, intentará reparar las grietas de una vida que se resquebraja a cada kilómetro que pasa. Quizá no por casualidad Locke es el jefe de obra de un gran rascacielos encargado de supervisar el bombeo de hormigón. Un viaje repleto de decisiones morales en las que Locke puede aparecer como un héroe íntegro o como un egoísta insensible, es decir un personaje ambivalente y oscuro, casi un arquetipo de tragedia clásica. Las llamadas de teléfono con las que Locke intenta controlar la situación mientras conduce son su única interacción con el mundo exterior. Un viaje que como todos los relatos épicos, empieza de modo un poco imprevisto y  en el que el BMW X5 se convierte en la representación física de un mundo que ha echado a rodar.
El coche es un universo. Es nuestra pequeña casa, un lugar del que nos apropiamos, hacemos nuestro y se convierte en una extensión de nuestro hogar. El hogar de Locke se mueve, como un símbolo de una vida que, durante ese viaje, va a cambiar. Pero ese desplazamiento nocturno, ese sórdido paisaje en el que las farolas sustituyen a las estrellas, es la única «Road movie» que muchos vivimos a diario. Un viaje en la soledad de los propios pensamientos que, en cierta manera, se convierte en un examen constante. Pero también un examen inmóvil que se produce en un mundo en movimiento, en un espacio y tiempo distorsionados. Es decir un espacio para la reflexión que no está libre del error ni de las ideas que se desintegran antes de aterrizar.
«Locke» no es una gran película, pero es una película que agita y deja poso. Es un viaje, «el» viaje, con una densidad moral y una dosis de simbolísmo abrumadora. Desde ahora, si quieres programar un ciclo de «Cine y automóvil», no puede faltar en tu lista «Locke». De ningún modo.

 

Más información: http://www.locke-movie.com/