El largo viaje de Bernard C. Day (y 5): 30 Derby Street, Brisbane

Probablemente el uso de vehículos a motor en la exploración polar no fue más que una alucinación colectiva de una época en la que los egos, las naciones y los símbolos parecían importar más que las personas. Muchas otras expediciones probaron medios de transporte motorizados en la Antártida, desde el aero-trineo de Mawson hasta los tractores y orugas de Hillary y Fuchs. En diciembre de 2016 Hyundai consiguió que un bisnieto de Shackleton, Patrick Bergel, atravesase la Antártida recorriendo 5800 km a bordo de un Santa Fe cuya única modificación eran unas grandes ruedas “a la islandesa”. En 30 días consiguieron exitosamente lo que a Ernest y sus 22 tripulantes les costó el fracaso y dos años perdidos en el hielo. Pero quizá este ya no es el tiempo buscar el éxito en lograr algunos hitos, sino de plantearse si tiene algún sentido intentarlos.

El hombre de moda en Sydney

Bernarc C. Day retratado por Herbert Ponting, 21 de diciembre de 1911
(Scott Polar Research Institute, nº P2005/5/724)

Cuando un científico viaja a la Antártida avanza en su campo del conocimiento. Cuando viaja un mecánico, al volver se encuentra mucha gente que le dice ‘Eres un tipo muy interesante, pero no tengo trabajo para tí, porque te has quedado atrasado en la tecnología’”, contaba en 1913 Bernard C. Day sobre su vuelta a la vida civil. “Volvería a la Antártida, pero lo haría sólo por dinero”, apostillaba. 

En la Australia de los años previos a la Primera Guerra Mundial, con la primera expedición nacional a la Antártida capitaneada por Douglas Mawson en marcha, el Polo Sur era un tema de moda y el encanto de Bernard C. Day uno de los valores más buscados. 

En agosto de 1913, cuando se exhibieron por primera vez las fotografías de Frank Hurley en la “Australasian Antarctic Expedition”, Day fue invitado para comentarlas. “Estas son algunas de las mejores imágenes que he visto nunca de la Antártida”, afirmó Bernard indicando que la ruta de Mawson le había dirigido hacia paisajes más espectaculares que las que él recorrió. “Donde estuvimos nosotros había tanta nieve suelta y vientos tan fuertes que no sólo era difícil hacer fotos, a veces no podías ver ni tu mano delante de la cara“. Alguien preguntó desde el público: “¿No es mucho más cómodo recorrer la Antártida en un trineo a motor que tener que andar?” Con una media sonrisa Bernard respondió “He arrastrado un trineo a motor durante 80 días. No fue culpa mía, pregúntele al motor”. 

Bernard C. Day junto a uno de los trineos de la expedición Terra Nova
(Scott Polar Research Institute, nº P 2005/5/969)

El estallido de la Primera Guerra Mundial llegó a tiempo para devorar las vidas de muchos de aquellos hombres que integraron las expediciones con las que los países y los egos trataban de medir sus fuerzas. Los náufragos del Endurance, por ejemplo, fueron rescatados del hielo para ser brutalmente heridos o incluso morir poco más tarde en las trincheras de la Primera Guerra Mundial. El propio Herbert Ponting, que había vuelto de la Antártida en el Terra Nova al tiempo que Day, había vendido por anticipado los derechos de sus fotos y películas al gigante Gaumont. Tras la muerte de los 5 expedicionarios la productora no quiso saber nada de aquellos materiales y la prometida fama y fortuna se esfumaron. Ponting tuvo que buscarse la vida para tratar de recuperar el dinero prometido organizando proyecciones de sus materiales en teatros y reinventándose sin gran éxito. Hasta 1924 no consiguió estrenar su primer documental, el hoy clásico “El gran silencio blanco”. 

Bernard se quedó a vivir en Australia, pero no sabemos casi nada de la vida que llevó después de la Primera Guerra Mundial. Se casó con Annie G. Wombsley en noviembre de 1912, casi al tiempo en que en la Antártida se encontraban los cadáveres de Scott, Bowers y Wilson. Años más tarde, en 1922, la experiencia del “Aurora Australis” y “The south polar times” le sirvió para fundar una editorial junto a su esposa y otros socios, Hampton Publishing. Su recorrido debió de ser muy breve.

Bernard C. Day se fitró por las rendijas de la historia. “Sus compañeros de expedición querrían saber algo de Bernard C. Day” decía el corresponsal en Londres de un periódico australiano en 1937. Ellos no tenían, como he tenido yo, la oportunidad de seguir sus huellas a través de Internet como si fuesen antiguas pisadas en el hielo. El hombre tranquilo de la Antártida dejó pocas pistas incluso para su muerte. Algunas publicaciones dicen que murió en 1934, lo más probable es que viviese muchos más años. El 13 de septiembre de 1952 el periódico australiano Courier Mail recogía que Anne G. Day convocaba a sus amigos y familiares al funeral de Bernard Cartmell Day. Vivían en el 30 de Derby Street, en Brisbane. Anne pidió que nadie trajese flores. Bernard vivió 66 años.

Nota sobre el funera de Bernard C. Day,
(TROVE, National Library of Australia, The Courier-Mail, 13 de septiembre de 1952)

Tanto con Shackleton como con Scott, Day había sido algo más que el mecánico de la expedición. Durante la expedición Nimrod compartió litera con el artista Georges Marston, y juntos decoraron “el rincón más elegante y creativo del refugio”, según Shackleton. Probablemente con él aprendió técnicas artísticas, porque el Scott Polar Research Institute conserva algunas acuarelas antárticas firmadas por él, y algunas otras han salido a subasta recientemente. En el viaje del Terra Nova además hizo de peluquero, tomó fotografías ayudado por Ponting y fabricó gafas de nieve para el resto de la tripulación. También encuadernó la segunda edición del “The South Polar Times”, en la que una ilustración le convirtió en personaje de un pseudo-jeroglífico egipcio a bordo de su trineo motorizado. Pudo incluso haber sido la primera persona en montar en bicicleta en la Antártida, ya que Scott había llevado una para que Griffith y él utilizasen en sus viajes más cortos alrededor del refugio, pero el estreno con Griffith fue tan desastroso que abandonaron la idea. 

En 1913 en una conferencia en Sydney Bernard decía:: “En verano el clima es suave, sólo con algunos grados bajo cero como podría haber en Suiza. En invierno, cuando hace frío de verdad, hay una gran sensación de compañerismo y mucho tiempo para hacer cosas, cada uno concentrado en su propio hobby. Sin embargo lo más bello de la Antártida es la llegada del verano, cuando amanece de la noche de cuatro meses y aparecen los primeros rayos anunciando el día. También hay que convivir con los celos de los perros: si acaricias a uno tienes que estar preparado para acariciarlos a todos”.

Bernard C. Day y Erebus en la cubierta del Nimrod durante el viaje de vuelta de la Antártida
(Scott Polar Research Institute, Nº P68/76/83)

Ese era el tipo tranquilo que se puso al volante de las máquinas de una carrera frenética pero que nunca participó de ella. Con la misma actitud con la que, en esa fotografía, descansa ante la cámara tomándose un momento para contemplar el entorno intacto que le rodea, mientras Erebus dormita a gusto enroscado junto a sus pies.